LA FINCA
METALERA
Crónica de una experiencia que llevó la cultura rock y metal mucho más allá del escenario.
Esta crónica fue escrita desde la doble perspectiva de participante de la experiencia VIP y artista de la programación oficial con el performance Lacrimarum.
Hay eventos que se recuerdan por el cartel de bandas. Otros, por la magnitud de sus escenarios o por la cantidad de asistentes. La Finca Metalera apuesta por una propuesta diferente, donde la música fue el punto de partida pero en un fin de semana de convivencia, descanso y actividades pensadas para compartir alrededor de una misma pasión.
Realizado el 4 y 5 de julio en el municipio de San Jerónimo, Antioquia, el evento reunió a seguidores del rock y el metal en una propuesta de aforo limitado que buscó priorizar la cercanía entre asistentes, artistas y organización. Bajo el lema “Hacia la Matriz del Metal”, la programación combinó conciertos, actividades recreativas, de bienestar y una agenda artística diseñada para disfrutarse durante dos días completos.
La iniciativa fue organizada por la House of Demons y contó con el respaldo de aliados como Royal Enfield Colombia, Jack Daniel’s Colombia, Iron Maiden Trooper Cerveza y Cervecería Tresgordos, que se sumaron a una propuesta diferente dentro de la agenda de eventos dedicados a la cultura rock y metal en Colombia.
La experiencia VIP comenzó incluso antes del primer concierto.
Llegamos al mediodía, cuando el equipo técnico realizaba los últimos ajustes de sonido y la organización ultimaba detalles para recibir a los asistentes. Tras un breve recorrido por la finca, llegó el momento del registro y entrega de habitaciones. Nos asignaron la habitación Ironhead, un espacio amplio, cómodo y climatizado que rápidamente se convirtió en un refugio frente al clima cálido del municipio.
Al ingresar nos esperaba una hoja con recomendaciones y normas de convivencia. En cada cama, una caja de bienvenida resumía el cuidado con el que había sido preparada la experiencia: un kit de bienvenida, obsequios de los patrocinadores y la gorra oficial del evento. Detalles suficientes para transmitir que no se trataba únicamente de asistir a una serie de conciertos, sino de vivir un encuentro pensado desde el primer momento.
El almuerzo tipo buffet marcó el inicio oficial de las actividades para quienes nos hospedamos en la finca. La atención del personal fue cercana y constante desde nuestra llegada, un aspecto que terminó convirtiéndose en una de las características más memorables del fin de semana.
Después del almuerzo disfrutamos de la piscina, lugar que muy pronto se transformó en el verdadero punto de encuentro del evento. Mientras algunos aprovechaban para descansar, otros comenzaron a conocerse entre conversaciones, música y el ambiente relajado que se mantendría durante los dos días.
La primera banda en subir al escenario fue Master of Wars, encargada de abrir la programación musical con un repertorio que alternó clásicos de Metallica y Megadeth. La energía de la agrupación conectó rápidamente con el público y alcanzó uno de sus momentos más memorables cuando un cañón de espuma cubrió parte de la piscina. La reacción fue inmediata: quienes estaban dentro del agua y quienes observaban desde afuera terminaron compartiendo la misma fiesta, convirtiendo el inicio del evento en una escena difícil de olvidar.
La presentación de Steel Hammer mantuvo la intensidad de la tarde con un show sólido respaldado por la trayectoria de la banda. Uno de los momentos más especiales llegó cuando los músicos sorprendieron interpretando un cover de Painkiller de Judas Priest. Un gesto nada habitual en sus presentaciones y que fue recibido con entusiasmo por el público.
Más allá de los conciertos, comenzó a hacerse evidente el concepto con el que había sido concebida la programación. Terminadas sus presentaciones, varios músicos permanecieron compartiendo con los asistentes en la piscina y las áreas comunes, conversando y disfrutando del resto de la jornada como cualquier otro participante. La distancia entre escenario y público prácticamente desapareció.
La cena reunió nuevamente a los asistentes antes de retomar las actividades. Al escenario principal llegó Leal Hostil, quien ofreció un espectáculo de danza con fuego que combinó distintos elementos escénicos y mantuvo la atención del público mientras la noche tomaba protagonismo.
Poco después llegó el turno de Atenea, una banda que encontró una gran respuesta del público desde los primeros minutos. La puesta en escena y la fuerza vocal de su cantante mantuvieron la energía de la noche, alcanzando uno de sus momentos más destacados al cierre con la interpretación de To Mega Therion de Therion.
Mientras Atenea interpretaba los últimos temas de la noche, para nosotros la jornada todavía guardaba un último acto: presentar Lacrimarum como parte de la programación artística de la experiencia VIP. Una experiencia que por su significado y todo lo que ocurrió detrás del escenario, merece una crónica aparte.
Tras los aplausos y los abrazos que siguieron a Lacrimarum, el cronograma de la experiencia VIP continuó con el ritual de purificación con fuego guiado por Azucena Rollán. La actividad preparó un espacio de reflexión alrededor del fuego y de conexión con la naturaleza.
Más allá de las creencias de cada asistente, la respuesta del grupo fue profundamente emotiva. El respeto con el que todos vivieron la ceremonia y la disposición para participar hicieron evidente que la experiencia había logrado conectar con los presentes, ofreciendo un cierre sereno para una jornada marcada por la música, el arte y la convivencia.
Después de una noche de conciertos, performances y actividades, el domingo dio paso a una jornada dedicada al descanso y a los espacios recreativos preparados por la organización.
Mientras algunos asistentes comenzaron el día participando en la sesión de yoga, otros aprovechamos para descansar un poco más. Tras la intensidad de la noche anterior, el ambiente invitaba a disfrutar la jornada con más calma.
Regresamos a la habitación para cambiarnos y volver a la piscina. Poco a poco comenzaron a aparecer vestidos de baño negros, salidas de playa de encaje, gafas de sol y distintas formas de adaptar la estética rock y metal a un día de descanso. Por momentos, la piscina parecía un desfile gótico de verano. No había intención de llamar la atención, simplemente cada quien disfrutaba del día siendo fiel a su propio estilo.
Entre una actividad y otra, el rock y el metal siguieron acompañando la experiencia. No ya en el centro de atención, sino como parte del ambiente, como si la banda sonora del fin de semana continuara incluso cuando el escenario permanecía en silencio.
Teníamos la intención de permanecer bajo la sombra. El sábado el clima estuvo fresco gracias a las nubes, pero el sol del domingo empezó a sentirse con más fuerza. Normalmente prefiero evitar la exposición directa; sin embargo, esos planes cambiaron cuando comenzó el Hidro Metal Training, dirigido por Alejo, instructor de entrenamiento funcional que contagió su energía desde los primeros minutos. Poco a poco, quienes observábamos desde afuera terminamos entrando al agua para participar.
La mañana continuó entre conversaciones, música y piscina hasta dar paso a otra de las actividades recreativas programadas para el cierre del fin de semana. Un gran inflable volvió a reunir a los asistentes, que hicieron fila una y otra vez para deslizarse y caer al agua. La escena resumía muy bien el ambiente que se había construido durante esos dos días: adultos disfrutando con la naturalidad y el entusiasmo de un grupo de amigos que comparte la misma pasión.
Quizá ese fue uno de los mejores aciertos de la Finca Metalera. El domingo ya no giraba alrededor del escenario principal; la música seguía presente, pero ahora el protagonismo lo tenía la convivencia: organizadores, músicos, artistas y asistentes en los mismos espacios, demostrando que el concepto de comunidad podía vivirse más allá de los conciertos.
Antes de partir nos detuvimos a despedirnos de Azucena y Dr. Familiar. Entre abrazos, agradecimientos y conversaciones sobre lo vivido durante el fin de semana, nos invitaron a participar en la próxima edición de La Finca Metalera, y aceptamos con gusto.
Al dejar atrás la finca, la música seguía sonando a lo lejos. Detrás quedaban una piscina que aún conservaba los últimos chapuzones del fin de semana, un equipo de trabajo que ya podía descansar y un grupo de personas que regresaba a casa con la sensación de haber compartido mucho más que un cartel de bandas.
Nos vemos en la próxima historia.